viernes, 3 de enero de 2020

Cicatrices del alma

enero 03, 2020 Posted by Don Dramas No comments
-Te extraño, te dije.
-¿Por que me extrañas? me dijiste. ¿Si nos hemos estado escribiendo?

En ese instante comprendí que tu y yo ya estamos en diferentes páginas de nuestra historia.

Que yo sigo en las llamadas de las ocho y de la una, en las eternas pláticas de las mañanas, en las apariciones sorpresa de la nada para interceptarte camino a tu trabajo.

Pero para ti es como si el tiempo se hubiera reseteado y estuviéramos a principios del año pasado cuando nos conformábamos con intercambiar estados y mensajes esporádicos por las tardes.

Excepto que yo sigo atrapado en aquellas semanas maravillosas que toque el cielo, navegué por el dulce oceáno de tus besos y caricias y parecía que en el mundo solo existíamos tu y yo y enfrentábamos las olas del destino que amenazaban con destruir la tierna ilusión que alimentábamos con caritas de amor, flores y corazones todos los días.

Llegué a encontrar a la mujer que sabía que existía en ti desde que te empecé a conocer aquella tarde en el pasillo del viejo edificio hace nueve años, había confirmado que eras tú lo que nunca esperé pero que era exactamente lo que deseaba.

Aquella que me acostumbró a no darme te quieros como si fueran medallas al mérito, sino que me enseñó que mi único mérito para merecerlos era existir, ser como soy, estar con ella y quererla como solo yo la he podido querer.

Es tu faceta romántica, me dijiste.

Que no debería solo amar a esa mujer por que solo es una parte de tí y que tu eres mas basta y compleja que tan solo aquella figura que me preguntaba a todas horas que hacía y donde estaba por que no estaba con ella en ese instante.

Y es verdad.

Y tienes razón.

Pero no estaba preparado para darle vuelta a la página, no así, no de esa forma, no de la manera en que sucedió.

Ya me había pasado antes, ya había sentido esa caída desde las nubes y me había desarmado y vuelto a armar varias veces y me seguía ilusionando cada vez que alcanzábamos de nuevo esa sensación de brillo infinito, de cariño que ensordece, aturde los sentidos y desemboca nuestras mas íntimas reacciones.

Esa noche nos dejamos sentir, nos sumergimos en nuestras sensaciones, en la lenta caricia de mis manos sobre tu cuello, en las mordidas en mis labios, en los ojos perdidos a ratos y desorbitados en otros.

En la respiración agitada, los apasionados besos que nos robaban el aliento, los abrazos que envolvían tus hombros cuando tu cabeza quedaba detrás de la mía y sentías en tu cuello la suave tibieza de mis labios.

Mis manos jamás se fueron mas allá de tu espalda o tu cintura, permanecían en tu rostro, en tus brazos, enredados en los dedos de las tuyas o calculando el largo de tu cabello con las puras yemas.

Fue especial, fue único, inigualable, una sensación sin comparación, una vibración a través de la espina dorsal hasta las puntas de los dedos, un choque eléctrico que solo se consigue cuando dos almas han decidido juntarse y los cuerpos son lo único que se interpone.

Quería entrar en tu mente, en tus pensamientos, desaparecer juntos de este universo y hacer que el tiempo se fuese al infinito.

Y después, al día siguiente, en aquella desastrosa cita en la que conociste una faceta vergonzosa mía, una que nunca habías visto y de la que ya te había hablado, decidiste meterme en el saco de lo vulgar y lo ordinario.

Me emparejaste al nivel de aquellos que solo buscan meterse en tus bragas por el puro placer mundano de sentir la carne cruda restregarse en sus cuerpos.

Solo de noche, solo a solas, solo a oscuras dijiste que te quería.

Y me ardió la sangre y me quemó el fuego y me tragó el abismo.

Y me destrozaste, me rompiste, me hiciste añicos.

Esta acostumbrado a la caída, a desarmarme y volverme a armar, pero me hiciste polvo, succionaste los restos con una aspiradora y lo revolviste en el fango suntuoso de tu desconfianza, tu desdén, tu enojo, tu molestia y finalmente de tu pena, tu angustia.

Yo sé que pasaste por un mal momento, yo sé que te fue mal y te dijeron cosas feas y tuviste que soportar la pesada carga de nuestro secreto bajo tus hombros y poner la mirada en el piso sufriendo vejaciones.

Y el daño estaba hecho, para ambos.

Tuve que hablarte de mi propia intimidad para que te dieras cuenta que después de todo podrías estar equivocada.

Pero mientras, en ese camino, yo ya estaba herido de gravedad.

No sé si lo notaste, si lo sentiste, si te diste cuenta.

Trate de mantenerme optimista, traté de hacer lo que siempre hago, quitarme el polvo y seguir adelante.

Pero pasé de ser la luz de tus días a un hombre corriente, mañoso cualquiera.

Y dolió, y sigue doliendo.

Y pensé, lo que viví aquellos días es la mujer que el destino me negó, la que si  nos hubiéramos conocido a tiempo nos hubiéramos enamorado y vivido entre emojis amorosos y frases cursis y risas nerviosas por muchos años.

Y recordé que también conociste al yo nervioso, tímido, inseguro y bobo, pusilánime que solía ser cuando estaba en secundaria y prepa, y me menospreciaste.

Recordé que esa tarde me ganaron los nervios, esa tarde que me dijiste que solo funcionaba bajo el amparo de la noche, conociste lo peor de mí y no te gustó ni tantito y eso... eso terminó de devastarme.

Y luego vinieron los celos, y luego revivió mi trauma.

Luego sentí que me estabas metiendo de nuevo al lugar de donde me costó trabajo salir, al del promiscuó que le coquetea a sus compañeras de trabajo.

Y otra vez, como árbol para leña me vine abajo, de nuevo, otra vez con el trauma encima y el dolor a flor de piel.

Poco a poco en estos días he ido sanando.

Las heridas cierran, los dolores no pasan pero se olvidan o se hacen tolerables.

Esa mirada y esa sonrisa que me diste aquella tarde en tu pueblo me volvió a recordar lo bonito que tuvimos.

Pero es eso, solo un recuerdo.

En el libro de tu vida ya le has dado vuelta a la página.

Yo aun la tengo marcada esperando a que algún día volvamos a regresar a ella.

Así que... sí.

Me duele cuando insinúas algo de lo que pasó en aquel frío diciembre.

Me duele cuando olvidas lo que fuimos y solo mencionas lo que dejamos de ser.

Las cicatrices del alma se ponen sensibles cuando el frío se entromete en mis recuerdos y me llegan murmullos de un corazón que tuve en mis manos y que se entregó a mi como yo a él y que aún anhelo volver a acariciar.

Y para este dolor solo tengo una cura.

Eres tu, mi eterno corazón.

Pero tengo miedo de que mi dolor te aleje aun mas.

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